Separados por la distancia física, por las fronteras entre naciones, tú y yo tuvimos oportunidad de reencontrarnos y ya empezamos, en consecuencia, a unir los trozos de antaño, los fragmentos que quedaron dispersoa en una vida y en otra; sin embargo, espiritual y mentalmente permanecemos unidos, en total armonía.
Nos reencontramos, amiga del alma y hermana del corazón; pero también es cierto esa sensacion que te dictó tu ser interno y que proviene del ayer, nos faltó tiempo. Los acontecimientos de otras épocas, las enfermedades y la muerte nos arrebataron la oportunidad de continuar protagonizando una historia extraordinaria, intensa e irrepetible.
Hay un mensaje escondido en esto.
La distancia física y las separaciones duelen, pero cuando aprendemos a amar con intensidad a quienes nos rodean y comprendemos que todos provenimos de la misma fuente universal y que, por lo mismo, somos hermanos y debemos mostrarnos los más puros sentimientos, empezamos a crecer.
Qué lección tan maravillosa.
Hoy, hermana del corazón, vives en Uruguay y yo en México. Tienes una maravillosa familia a la que entregas lo mejor de ti, resultado de todo el aprendizaje y de las experiencias de tus vidas pasadas. Yo, en tanto, recuerdo a mi padre y también entrego todo mi amor a mis dos hijas, a mi mamá, a mis hermanos y a mis sobrinos que ya conoces por fotografía. Son nuestras respectivas familias, amiga querida del alma y hermana del corazón, y cotidianamente les ofrecemos lo mejor de nosotros; no obstante, tu ser y el mío laten al unísono y se complacen porque saben que tras la temporalidad y las fronteras, existe un horizonte amplio, y que si ahora pasamos las pruebas, mañana compartiremos capítulos con plenitud.
Y coincido con tu revelación en el sentido de que mi abuelita estaba muy preocupada por sus hijos, principalmente por mi mamá que era la única mujer y apenas iba a cumplir tres años de edad, y por su hijo más pequeño, Eugenio, quien era un bebé de meses.
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